Dulce descanso, hijo mío.

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Escribir es para mi el mas delicioso de los placeres, Harry. Oír la pluma moverse al compas de la música que ha decidido mi alma ponerme ese día, un cumulo de perfecciones. Y errar, Harry, adoro errar y tachar lo ya escrito.
¿Ves como se mueven las letras al compás del macabro vals que marcan aquellos muertos cayendo? 1, 2, 3… 1, 2, 3…
¡Mira cómo se desploman en el suelo, cómo lo que son, mera carne muerta! ¡Mira cómo llenan el suelo con sus vísceras! ¡Observa cómo manchan este manuscrito, Harry!
Disfruta con mi mismo placer el sádico espectáculo que se abre ante tus ojos. Júzgame cruel, grita como lo hicieron ellos, malgasta tu ultimo halito en un alarido que nadie, salvo mis viejos oídos, alcanzara a escuchar.
Acéptalo, hijo mío. Todos acabaremos así, victimas de una muerte que nunca aceptaremos como nuestra. Tenerla como amiga, Harry, no cambiara nada pues nos llevara igual.
Huye de ella, intenta escapar, vende tu alma. Ríndele culto. Santifícate. Haz lo que te venga en gana, hijo mío, pero recuerda que acabaras como uno de estos cuerpos vacios. Ella vendrá y te arrastrará hacia la más profunda oscuridad, esa que tanto temes ahora, Harry, se te antojara dulce descanso.

Pensé que decias la verdad...

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-Que yo te necesito. Que me he tirado toda la tarde llorando por tu culpa. ¿No te das cuenta, Black? Que si no estas tú, yo no puedo seguir. ¿Con quién salgo? ¿Con quién ahogo mis penas? ¿Con quién lloro si no estas tú? ¿Qué coño quieres que hagas sin ti?
Se quedó pensando lo que a mi entender fueron unos larguísimos minutos.
-Que tal vez me hagas daño. Pero no me importa, siempre que estés a mi lado.
Tony levantó la cabeza y me miró con aquellos ojos que todavía pueblan cada uno de mis sueños.
-Me quedaré. Me quedaré por ti. No te voy a dejar sola. Te lo prometo.
Me tendió su mano sin apartar la mirada de mis ojos. Sonreí levemente, con la sonrisa cansada que caracteriza a quien sonríe entre lágrimas.
-No me pongas gestos de película. No estoy para romanticismo, idiota.
Pero cogí la pálida mano que el me tenida. Tiro de mí y me estrello contra su pecho, hundí la cara en el hueco que siempre había para mi entre sus brazos.
Cuan ingenua fui, pues pensé que decía la verdad.

No te marches...

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-Ódiame, mátame, trátame como a la mayor mierda del mundo. Pero no me ignores. No te alejes, por favor. Tony, no te vayas. No lo hagas. No te vayas y vuelvas. No me hagas creer que ya no te quiero para luego volver y derruir de un solo golpe mi castillo. Por favor....

Pero él se fue, y quizá no debí decírselo nunca. Porque si ese día, me hubiera callado, si no le hubiera dicho que no se fuera para luego volver. Si no hubiera abierto la boca esa noche, el habría vuelto y estaría entre mis brazos. Como aquella noche en la que supe que le amaría más allá de mi locura.

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Y bastó un instante. Un segundo. Una palabra. Para darme cuenta de que aun seguía ahí. De que Will, no se había marchado, no había desaparecido como lo hace el frio durante el invierno. Porque cuando me miró con esos ojos negros, sentí que esa barrera que había impuesto alrededor de mi cordura, se derrumbaba como si se tratara de una simple muralla de arena.
Porque eso era el, un mar. Un océano inalcanzable. A fin de cuentas, cuando escribía sobre el vaivén de las olas, pensaba en Will.

Recordando tu ausencia ante el espejo.

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Era una tarde bonita. Caminábamos juntos, él llevaba una mochila negra. La luz del Sol se apagaba a nuestro paso, inundaba todo en tonos cobrizos. Llegamos a nuestra cabaña. Esa que habíamos construido de pequeños, nuestro refugio. Allí no había espacio para la tristeza, mas sí para las lagrimas. No había que fingir.

Cuando llegamos me dijo que esperara fuera, que me diera un paseo por el bosque. Ese que se abría ante la humilde casita. Ambos nos conocíamos ese bosque como la palma de la mano, no en vano nuestra infancia la habíamos pasado allí.

Pasaron las horas, la Luna ya reinaba en el cielo y empezaba a impacientarme. Los pájaros que me habían acompañado durante la tarde en mi obligado paseo por el bosque ya callaban y tan solo se podían oír a los grillos. Decidí que no podía esperar más que si no tenía lo que estaba haciendo, sea lo que fuere, me daba igual.

Cuando llegué a la cabaña, Will me esperaba en la puerta, iba exactamente igual que cuando le dejé. Un par de quemaduras en la camiseta blanca y el pelo totalmente revuelto. La imagen de un elfo imperfecto. Y a su lado, miles de velas iluminando tenuemente la cabaña y los alrededores. Con la suave luz y el tintineo de las velas, él parecía aun más hermoso.

Entre en la casa de su mano y delante de mi pude ver un espejo. Un espejo precioso, con el borde de madera oscura. Un espejo de pie, no muy grande. Nos reflejábamos los dos, él con su pelo rubio y revuelto como si hubiera metido los dedos en un enchufe, y yo, con mi vestido blanco y mi pelo largo, castaño y totalmente normal.
Sus ojos destilaban una nerviosa alegría, brillaban de felicidad. Me puso delante del espejo, permanecimos en silencio, yo observándome en aquel espejo de cuerpo entero y Will sin reflejarse, mirando mi reacción.

De repente, se puso detrás de mí, rodeando mi cintura con sus brazos y apoyando su cabeza sobre la mía. Sonreímos a la vez, impacientes por experimentar más de ese sentimiento que era nuevo para ambos.
Ahora los dos estábamos delante del espejo, abrazados sonriendo. Sentí que me pegaba mas a el y me besaba la cabeza.

-Siempre que te mires en el espejo, acuérdate de mí. Recuerda este momento. Recuérdanos así, abrazándonos y sonriendo-hizo una pausa, le estaba costando a horrores decirme eso, se le notaba-. Porque si algún día, nos separamos. Este espejo te recordará que siempre serás mi chica.

Me quede observando nuestro aspecto, absorbiendo cada detalle. Nuestra ropa, nuestra sonrisa. Nuestro mirada infantil llena todavía de inocencia. No se cuanto tiempo estuvimos así, quietos, en silencio, tan solo mirándonos en aquel espejo, tan solo se que en un momento dado me gire y le bese. Le bese dando todo en ese beso. No fue solo el contacto de unos labios, fue el pacto de no olvidarle jamás.
Esa noche dormimos juntos, entre besos y palabras de amor sellamos nuestro futuro.
Ahora soy yo la que se esta mirando en el espejo, pero estoy sola, ya no hay nadie a mi espalda. Viéndome ahora, con mis medias rotas y mi camiseta ancha, no se reconocerme. Las lagrimas están cayendo por mis mejillas, mas no se si por alegría o por tristeza. Hoy delante del espejo recordando aquel primer día, te sigo echando de menos.